Apenas termina la segunda semana del ciclo escolar 2020-2021 y la pesadilla de todos no ha hecho más empezar

FRUSTRACIÓN, DESESPERACIÓN E IMPOTENCIA: LA PESADILLA DE LAS CLASES EN LÍNEA QUE TODOS PADECEN Y DE LA QUE NADIE HABLA

Elier Lizárraga

Karina observa a su hija frente a la pantalla observando las clases en línea, aburrida. La niña, por el contrario, parece estar pasándola mal. Hay algo que no entiende. Por más que se esfuerza, simplemente no logra descifrar el problema que está frente a ella. La madre observa. 23+14.

-¿Qué pasa, hija?

-Es que dice eso ahí y no sé cómo hacerlo.

-Es una suma.

-Sí.

-¿Y por qué no la haces?

-Mamá, nada más sé contar hasta diez.

Es apenas la segunda semana de clases. Dado que las clases son transmitidas por TV, no hay forma de detener la transmisión o decirle al maestro que explique lo que está sucediendo. Karina entiende que está metida en un problema. Si se detiene a explicarle a su hija cómo hacer la suma, la clase va a seguir y se van a atrasa. Entra en pánico. Pero, ¿qué más puede hacer? Es un verdadero dolor de cabeza y no va ni media clase.

-A ver, te voy a ayudar.

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Dulce es maestra y madre de tres hijos: los dos niños en preescolar y la niña más grande en secundaria. No solo tiene que cuidar que ellos tomen clases en línea, ella misma tiene que darlas. Atender a los niños de su grupo y a sus hijos prácticamente en el mismo momento si es que sus hijos se atrasan. Multitasking en tiempo real para evitar que sus alumnos o sus hijos se atrasen.

La niña más grande no da problemas, está en secundaria y, si se atrasa en algo, puede consultar luego a sus maestros vía WhatsApp o Zoom. El más pequeño trata de seguir todo y es como una esponja frente a la pantalla. Si solo fueran ellos dos todo sería perfecto, pero está el hijo de en medio.

Él simplemente está empeñado en no poner atención después de un rato. “La casa no es el kínder, mamá. Aquí no es para aprender”. El pequeño pierde el interés, se distrae y prefiere no trabajar. Dulce tiene que supervisar al grupo, pero su hijo se le está yendo de las manos con el temita de las clases en línea.

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El hijo de Angelina Ásperger. No va atrasado como otros niños con su misma condición o incluso con grados de Trastorno del Espectro Autista más severos, pero tiene algunos problemas para concentrase. Hay una app que tiene que aprender a usar y su smartphone simplemente no da de sí.

No sabe qué hacer con la app. Observa las clases impotente. Allá van el aprendizaje y las clases en línea.

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¿Los privilegiados?

Así fueron los primeros días de clases en línea para padres y madres de familia: aburridos al principio, luego frustrantes y finalmente la desesperación y en algunos casos hasta el llanto.

Y no, no es todo culpa de las clases en línea y lo mal preparados que pueden estar todos los involucrados. A todo esto se suma el encierro involuntario debido al coronavirus, que tuvo al país enfrentando una larga cuarentena y luego una nueva normalidad que no hace más que incrementar el número de muertes por COVID-19 cada día que pasa.

Los adultos con hijos en edad escolar tienen una ventaja que tal vez sus padres no hubieran tenido: la mayoría son de la generación de finales de los 70 y principios de los 80, esa generación de transición que puede lidiar tanto con los problemas tecnológicos como con los de entenderse con adultos de más edad, así como lidiar con los problemas de la crianza. Para muchos puede ser insignificante, pero en este escenario es la herramienta más valiosa con la que cuentan.

Los medios de comunicación han enfocado su cobertura en las familias más pobres, aquellas que no tienen acceso a la tecnología para poder tomar las clases en línea o con la que cuentan es obsoleta, como si los padres y los niños que sí cuentan con los recursos fueran unos privilegiados.

Nada más lejos de la verdad. El privilegio en este momento sería que los niños pudieran correr por los patios detrás de una pelota en la hora del recreo. Ver al maestro escribir en el pizarrón. Pasar ellos mismos a escribir o dibujar algo y aprender cosas nuevas. En cambio, tienen que ver al maestro explicarles lo que tienen que hacer en una pantalla, en una plataforma que a veces ni el maestro ni el alumno entienden y tiene que intervenir el padre o la madre del niño.

El internet se a y adiós clases de Zoom. Si se trata de una falla del proveedor, el técnico puede tardar hasta cinco días en ir a repararla. ¿Y entonces? No hay remedio, tampoco se ir a casa de un vecino o un familiar, los contagios de COVID-19 están a la orden del día y, hasta que no haya una vacuna, muchos padres de familia prefieren no correr riesgos innecesarios.

Nosotros los obsoletos

¿Los maestros? Muchos son ya mayores y están teniendo más dificultades que nadie para adaptarse a las plataformas digitales para dar clases. ¿Por qué? Porque el gobierno a muchos simplemente les dio el plan de estudios y dejó que le hicieran como pudieran. Sin capacitación, sin actualización ni cursos para salir del paso.

Hay quienes han optado por la jubilación temprana debido a que simplemente todo el escenario los supera. Pero hubo un caso todavía más extremo: una maestra de Michoacán de tan solo 34 años se quitó la vida. El estrés de las clases y el encierro por la pandemia de coronavirus fueron demasiado.

¿Quién ve por los maestros si el sistema educativo no se ha preocupado por garantizar las mejores condiciones ante este escenario?

¿Crees que es una pesadilla? El ciclo escolar apenas está empezando.